Mis lugares favoritos #1: Plaça Sant Felip Neri (Barcelona)
Las callecitas de Barcelona tienen ese... qué se yo, viste!
Claro que además de los locos, que los hay por todos lados, y de los que otro día les contaré, la ciudad guarda en sus calles historias (y La Historia) grabada a punta de cincel, y, en muchos casos, de fuego. Si le preguntan a un catalán seguro les dirá que Barcelona fue la ciudad más atacada de Europa a lo largo de la historia. Realmente no encontré registros de esto, pero si podemos decir que fue una ciudad invadida en muchos momentos, y eso también es lo que la hace rica, multifacética y encantadora.
Caminando por las pequeñas calles zigzagueantes de la Ciutat Vella, aparecen lugares que te llaman, te llevan, te llegan, te cuentan historias de otros tiempos, y, por qué no, historias de ahora. Te atrapan en curiosidades y secretos, en sonidos, silencios, colores, olores, ráfagas de viento , puertas cerradas y balcones abiertos. Justamente, uno de mis lugares favoritos de Barcelona cumple con todas esas características, y algunas otras cosas más.
Pasando la catedral, hacia el sur, en pleno corazón del Barrio Gótico, se encuentra escondida la Plaça Sant Felip Neri, un rincón que escapa del ruido y del tiempo.
Esta plaza de cemento, solo tiene dos entradas, a través del Carrer de Sant Felip Neri y de Montjuic del Bisbe. Dos calles relativamente pequeñas y serpenteantes, que hacen que desembocar en esta plaza sea, muchas veces, una cuestión de suerte (aunque ahora con google maps, la magia de perderse en las calles y encontrar lugares especiales quedó como una anécdota de viejos y soñadores).
Pero, al menos, esta especie de camuflaje hace que la plaza tenga ciertos momentos de soledad al día, interrumpidos por grupos de turistas en walking tours, que la tienen como parada obligada gracias a la historia que guardan sus muros de piedra, y que seguramente sea lo que la carga también de ese carácter especial que hace que el alma se vacíe y se llene un poco, cada vez que estás en ella.
El 30 de enero de 1938, en medio de la Guerra Civil, durante una serie de bombardeos fascistas a la ciudad (que luego dio paso a la dictadura Franquista), la plaza fue atacada por aviones, dejando un saldo de 42 civiles muertos, la mayoría niños de una guardería que se encontraba junto a la Iglesia, y que se habían refugiado en las catacumbas del antiguo cementerio medieval de Montjuic del Obispo.
Hoy, 80 años después, las piedras de la Iglesia, que logró mantenerse en pie, aún dejan ver las marcas de la metralla de las bombas, como testimonio eterno de la masacre de la que fueron testigo.
Junto a la Iglesia, una escuela se levanta, en el lugar de la antigua guardería, para que las voces de los juegos de los niños de hoy, acompañen a los que jugaron allí en tiempos más convulsionados.
En el centro de la plaza, una fuente neo-gótica añade las notas de los juegos del agua que retumban en las altas murallas. Dos Acacias sueltan sus flores al viento, como gotas doradas que bañan el suelo, dejando una alfombra de pétalos amarillos bajo los pies.

Y si son como yo, y aman armar lazos casuales (o causales), aparece predominante el amarillo, como los lazos que hoy en día cuelgan de las solapas de muchos catalanes, reivindicando su derechos de autodeterminación y reclamando la libertad de sus presos políticos.
Ahora creo que por lo menos esto es suficiente para darles a entender que es lo que hace que la Plaça Sant Felip Neri sea un pequeño lugar maravilloso dentro de Barcelona, que todo quien visite la ciudad debería conocer y dedicarle más de unos minutos de un tour para dejarse invadir por los sentimientos y sensaciones que ahí se despiertan. Y esto último es lo que hace que sea uno de mis lugares favoritos. No es su carga histórica, lo pictórico de las flores amarillas en el piso, lo cinematográfico de las hojas cayendo mientras suenan gotas de la fuente y el sol se cuela por las altas paredes, y los niños jugando, y muchísimo menos lo ensordecedor de los mil walking tours en todos los idiomas conocidos (y desconocidos) que pasan al día por allí.
Lo que la hace especial son los sentimientos que despierta según lo que en ella esté sucediendo, las lágrimas que pueden brotar, las risas, la paz, la soledad, la inmensidad y lo finito, lo temible, lo esperanzador. Muchas ideas nuevas me surgen cada vez que paso por esa plaza, muchas veces voy a pensar, a escribir, a dibujar. Voy incluso cuando necesito aclarar mi mente, cuando necesito salir de la rutina, centrarme, perderme y encontrarme.
Dicen que Gaudí era una gran amante de esa plaza, incluso murió arrollado por un tranvía cuando iba de camino a ella. Tal vez él también iba a pensar en esa misma plaza.
Sea como sea, los invito a que la descubran, que la sientan, y después, que me cuenten sus anécdotas de la plaza...
Mientras tanto, les dejo un dato de color para toda la generación millennial ex-emo, en esa plaza se grabó el video My Inmmortala de Evanescence (si, les dejo el link, para que nos de nostalgia)
Claro que además de los locos, que los hay por todos lados, y de los que otro día les contaré, la ciudad guarda en sus calles historias (y La Historia) grabada a punta de cincel, y, en muchos casos, de fuego. Si le preguntan a un catalán seguro les dirá que Barcelona fue la ciudad más atacada de Europa a lo largo de la historia. Realmente no encontré registros de esto, pero si podemos decir que fue una ciudad invadida en muchos momentos, y eso también es lo que la hace rica, multifacética y encantadora.
Caminando por las pequeñas calles zigzagueantes de la Ciutat Vella, aparecen lugares que te llaman, te llevan, te llegan, te cuentan historias de otros tiempos, y, por qué no, historias de ahora. Te atrapan en curiosidades y secretos, en sonidos, silencios, colores, olores, ráfagas de viento , puertas cerradas y balcones abiertos. Justamente, uno de mis lugares favoritos de Barcelona cumple con todas esas características, y algunas otras cosas más.
Pasando la catedral, hacia el sur, en pleno corazón del Barrio Gótico, se encuentra escondida la Plaça Sant Felip Neri, un rincón que escapa del ruido y del tiempo.
Esta plaza de cemento, solo tiene dos entradas, a través del Carrer de Sant Felip Neri y de Montjuic del Bisbe. Dos calles relativamente pequeñas y serpenteantes, que hacen que desembocar en esta plaza sea, muchas veces, una cuestión de suerte (aunque ahora con google maps, la magia de perderse en las calles y encontrar lugares especiales quedó como una anécdota de viejos y soñadores).
Pero, al menos, esta especie de camuflaje hace que la plaza tenga ciertos momentos de soledad al día, interrumpidos por grupos de turistas en walking tours, que la tienen como parada obligada gracias a la historia que guardan sus muros de piedra, y que seguramente sea lo que la carga también de ese carácter especial que hace que el alma se vacíe y se llene un poco, cada vez que estás en ella.
El 30 de enero de 1938, en medio de la Guerra Civil, durante una serie de bombardeos fascistas a la ciudad (que luego dio paso a la dictadura Franquista), la plaza fue atacada por aviones, dejando un saldo de 42 civiles muertos, la mayoría niños de una guardería que se encontraba junto a la Iglesia, y que se habían refugiado en las catacumbas del antiguo cementerio medieval de Montjuic del Obispo.
Hoy, 80 años después, las piedras de la Iglesia, que logró mantenerse en pie, aún dejan ver las marcas de la metralla de las bombas, como testimonio eterno de la masacre de la que fueron testigo.
En el centro de la plaza, una fuente neo-gótica añade las notas de los juegos del agua que retumban en las altas murallas. Dos Acacias sueltan sus flores al viento, como gotas doradas que bañan el suelo, dejando una alfombra de pétalos amarillos bajo los pies.

Y si son como yo, y aman armar lazos casuales (o causales), aparece predominante el amarillo, como los lazos que hoy en día cuelgan de las solapas de muchos catalanes, reivindicando su derechos de autodeterminación y reclamando la libertad de sus presos políticos.
Ahora creo que por lo menos esto es suficiente para darles a entender que es lo que hace que la Plaça Sant Felip Neri sea un pequeño lugar maravilloso dentro de Barcelona, que todo quien visite la ciudad debería conocer y dedicarle más de unos minutos de un tour para dejarse invadir por los sentimientos y sensaciones que ahí se despiertan. Y esto último es lo que hace que sea uno de mis lugares favoritos. No es su carga histórica, lo pictórico de las flores amarillas en el piso, lo cinematográfico de las hojas cayendo mientras suenan gotas de la fuente y el sol se cuela por las altas paredes, y los niños jugando, y muchísimo menos lo ensordecedor de los mil walking tours en todos los idiomas conocidos (y desconocidos) que pasan al día por allí.
Lo que la hace especial son los sentimientos que despierta según lo que en ella esté sucediendo, las lágrimas que pueden brotar, las risas, la paz, la soledad, la inmensidad y lo finito, lo temible, lo esperanzador. Muchas ideas nuevas me surgen cada vez que paso por esa plaza, muchas veces voy a pensar, a escribir, a dibujar. Voy incluso cuando necesito aclarar mi mente, cuando necesito salir de la rutina, centrarme, perderme y encontrarme.
Dicen que Gaudí era una gran amante de esa plaza, incluso murió arrollado por un tranvía cuando iba de camino a ella. Tal vez él también iba a pensar en esa misma plaza.
Sea como sea, los invito a que la descubran, que la sientan, y después, que me cuenten sus anécdotas de la plaza...
Mientras tanto, les dejo un dato de color para toda la generación millennial ex-emo, en esa plaza se grabó el video My Inmmortala de Evanescence (si, les dejo el link, para que nos de nostalgia)


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